jueves, 6 de marzo de 2014

Chari Leiva (www.charileiva.com) ha realizado una exposición de acuarelas que nada más entrar a la sala, te absorbe y cautiva. De alguna de sus visiones, la gente de "Café de Palabras" hemos plasmado lo que ellas nos provocan. Aquí os dejo mis sentimientos hacia ellas. No son cuentos, son sensaciones.


Tras los árboles
La música absorbía el ruido del motor del auto que engullía los kilómetros con suma rapidez. Los árboles pasaban y pasaban hasta parecer una cortina inacabable. Al fondo, una gota en el infinito fue creciendo a la par que los latidos de mi corazón. Accioné el freno con suavidad, merecía la pena disfrutar la visión; el lago de mi niñez me esperaba ya a pocos metros. Paré totalmente, recosté un poco el asiento y encendí un cigarrillo.

¿Qué hace estacionado en el centro de la calzada? ¡Documentación, por favor!


La Magdalena, por favor
Faltaban unos días para las elecciones municipales, cuando los ediles, con chaqueta y sonrisa de fiesta se acercaron al barrio más antiguo de la ciudad; ofrecian prosperidad, modernidad, bienestar… Y como flores en primavera fueron creciendo decenas de falos metálicos, agresores de rótulas, espinillas y carrocerías de coches. Violadores de un entorno olvidado y despreciado por todos. Ahora, los pinetes abollados, caídos, arrancados; los adoquines, levantados o hundidos; las farolas inservibles.
¿Cuándo serán las próximas elecciones?


El viejo
Se colocó frente a mí, su mirada se me clavó a través de los límpidos cristales de sus gafas; era de súplica, de amistad. Me pidió compartir un chato de vino y me percaté que no lo necesitaba para su sangre, más bien para su corazón. Me habló, continuo y pausado, más con los ojos que con la palabra. Me di cuenta que no buscaba saciar su adicción, sino cubrir un hueco. No me pedía una limosna, me regalaba su amistad a cambio de mi paciencia. Lo escuché y poco a poco me fue llenando.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Instancia



Yo, a quien llaman Paco Aguilar,
de esta capital vecino, en su barrio viejo.
Casado y muy mayor de edad.
Hijo de Jesús, Representante de Comercio
y Esperanza, esposa y madre ejemplar.

Recadero familiar, de profesión.
Nacido en este Jaén,
tierra de gente de bien.
Manifiesto y hago exposición

que: me duele, en mi ciudad, siempre ver
las aceras sucias, todos los días del mes.
Las cacas de los perros repartidas por doquier.
Los coches aparcados, hasta en fila de a tres.

En el suelo, las señales borradas
o pintadas al revés.
Por los árboles tapadas,
las que aún quedan en pie.
Baldosas ajadas
y socavones más de cien.

Mientras tanto los ediles,
unos sumisos y serviles,
otros, que forman la oposición,
dedicados a decir: tú lo haces peor.

Acabo mi declaración,
para no cansarles a ustedes,
pero guardo para otra ocasión,
anotado en papeles,
otros múltiples quehaceres
que producen consternación.

Este, de a pie, ciudadano
a vuestras ilustrísimas implora
que sin que se les quiebre el ano,
los que gobiernan ahora,
medidas hayan de tomar
y con estas inmundicias
pronto deberían de acabar.

Se limpien aceras, se pinten señales;
aparquen los coches, todos en sus lugares.
Repongan baldosas y allanen los suelos;
que caguen los perros, en casa de sus dueños.

Y a ti buen vecino
y yo, así me obligo,
cuidemos las calles,
fachadas y portales.

Que es patrimonio de nuestro colectivo,
no sólo el piso, la catedral o el castillo,
Sino cada rincón, en el que hayamos vivido.

Ya para terminar,
es gracia que espero alcanzar;
pero no la recibiré
hasta que yo, usted y usted,
hagamos las cosas por el bien de Jaén.

La sonrisa del semáforo


Faltaban unos días para el sorteo cuando uno de tantos coches paró ante el semáforo cerrado; como por un sortilegio una sonrisa de roja nariz corría y brincaba alrededor de todos los autos allí detenidos; con múltiples gestos de mímica, el payaso ofrecía su alegría y unos caramelos a todos los que lo querían atender. En la pared, cartulinas con frases lapidarias que removían en cada uno, sus sentimientos más profundos: “Hágase donante de alegría, cuesta tan poco”, “Ejercite sus músculos sin esfuerzo, sonría por favor”, “Si reparte amor, su saldo le aumentará más y más”.
Contagiado del ánimo, el hombre del coche negro bajó la ventanilla y llamó al payaso.
-Toma, dame un caramelo. Y le entregó un décimo de lotería. Reverencias y saltos de alegría correspondieron al regalo, mientras el payaso guardaba el boleto en un viejo billetero.
Pasados unos días después del sorteo, volvió a parar el coche negro ante el semáforo y de nuevo las ventanillas se abrieron.
-Buenos días. No te esperaba por aquí. ¿Sabes que tocó la lotería, no has cobrado tu premio?
-¡Oh, sí! Gracias. Respondió el payaso que había cambiado el nublado arco iris de su camisola por otro brillante y reluciente.
-¿Y, entonces?

-He invertido el dinero del premio. Pásese por otros semáforos y verá que he abierto muchas sucursales del Banco de la Sonrisa.      

jueves, 12 de diciembre de 2013

El Delator

        Volvía cansada pero pletórica, con los zapatos en una mano y sujetándose a su marido con la otra. En la boda, como siempre que acudía a alguna, se había sentido alegre y feliz; la reina del baile: pasodobles, valses, boleros, foxtrots los había bailado con garbo ante la admiración de todos, los piropos de jóvenes y mayores y los codazos y comentarios disimulados de las pocas mujeres de su edad que aún se acercaban a la pista. Se sentía joven y radiante; feliz. Ahora, volvía a casa porque la música era ya el chunda-chunda y eso no le iba a ella.
           
En el dormitorio, en penumbra como acostumbraba, comenzó a desvestirse; no le hacía falta más luz. Sabía perfectamente el lugar de cada blusa, de cada falda, de cada pulsera, pendiente o collar y ella se vestía y desnudaba a tientas, de memoria. La sombra de ojos, el carmín y el perfilador de labios, una pizca de maquillaje en los pómulos; llevaba tantos años haciéndolo que no necesitaba guiarse con el espejo, aunque últimamente sus hijas le recriminaban algún contorno mal perfilado, algunos tonos poco apropiados para la ocasión, algunos complementos demasiado recargados.
           
-¡Qué sabrían ellas!
        
Tan sólo al salir y en la penumbra acostumbrada, cuando pasaba ante el espejo del recibidor, se erguía y de soslayo comprobaba que la falda o la chaquetilla no le hicieran ninguna arruga. Se sentía elegante y feliz.
        
Ahora, colocando la ropa, cada pieza en su percha, se notaba cada vez más cansada; mañana, seguro que se sentiría enferma, pero aún tuvo fuerzas para, en ropa interior como estaba, dar unos pasos de baile frente al armario.
        
Al entrar su marido, dio la luz del dormitorio y ella se vio tal cual era. Triste y decepcionada, hacía tiempo que frente al espejo no se sentía feliz, se dejó caer en la cama.
           
-Ramón, mañana tienes que llamar al carpintero, que quite el espejo del armario.
        

Sus casi ochenta años se le vinieron encima de golpe. 

jueves, 13 de junio de 2013

Álvaro

Llevaba Felipe más de un mes ingresado en el hospital, era la enésima recaída que sufría; ya sólo le aplicaban morfina para mitigarle el dolor; sabía que su muerte estaba cercana y la asumía con la tranquilidad de tenerlo todo hecho, de dejarlo todo atado, pero en los últimos días no dejaba de darle vueltas a la cabeza, no quería llevárselo a la tumba; pero, ¿cómo se tomaría su familia su última decisión?
Su esposa Luisa, se había levantado, siempre atenta, a recibir una visita; él, desde la cama no distinguía quién era y hablaban tan en voz baja que tampoco apreciaba quienes eran los interlocutores.
-¡Qué sorpresa! Supongo que Felipe se alegrará mucho de volver a verte. ¡Cuánto tiempo! Hablaba Luisa, un tanto tensa y desconcertada. Era Mari Pepa, una antigua compañera de estudios con la que habían intimado en su juventud, harían unos veinticinco años ya. Le acompañaba su hijo; Álvaro, dijo que se llamaba.
-¿Y tu marido, por qué no te acompaña? Preguntó en un descuido impertinente Luisa.
-No, nunca llegué a casarme.
-¡Oh, cuánto lo siento! Repuso azorada Luisa, mientras se cogía las manos en un signo de arrepentimiento y miraba de soslayo al joven, que echaba el brazo sobre el hombro de su madre, dándole cobijo.
-Felipe, mira quién ha venido. ¿Te acuerdas de Mari Pepa?
El enfermo abrió los ojos cuanto pudo, trató de erguirse un poco y esbozó una sonrisa. La fría y vidriosa mirada se le tornó en alegre fulgor.
-¡Mari Pepa, de mi vida! Intentó tararear el moribundo ofreciéndole la mano que la antigua amiga cogió con cariño, al tiempo que le cantaba en una triste sonrisa:
-¡Ay, Felipe de mi alma!
Soltó las manos de la amiga que dio un paso atrás para que se acercara Álvaro. En un esfuerzo supremo, Felipe paseó la vista por Luisa, su mujer y la fijó en el muchacho, de unos veinticinco años.
-¡Hijo mío! Y expiró.

jueves, 17 de enero de 2013

El ahorcado


Con el bolígrafo en la mano se aprestaba a solventar una variante del conocido juego del ahorcado: Ocho rayitas y ocho preguntas.
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1.- Capital de Andalucía.
2.- Parte del cuerpo donde las vacas transportan la leche.
3.- Patria de Ulises.
4.- Título honorífico con el que se conocía a Manuel Rodríguez “Manolete”.
5.- Se dice cuando una respuesta no es acertada.
6.- Dios del vino en la mitología griega.
7.- Dícese del que vive de alquiler.
8.- Muerte, fallecimiento, defunción.

Con cierta rapidez fue escribiendo las respuestas y trasladando las iniciales sobre las rayitas: Sevilla, Itaca, Dionisio…

S _ I _ _ D _ _

Inquilino, Califa

S _ I C _ D I _

Ubres, Incorrecta…

S U I C I D I _

Con la garganta seca escribió la respuesta de la última pregunta y trasladó la O sobre la rayita que estaba libre aún; se incorporó sobre el escalón superior de la larga escalera que había apoyado en el enorme y viejo árbol y saltó con decisión.

Fue todo muy breve, un instante en el que notó cómo le faltaba el aire en los pulmones, cómo un nudo le apretaba  la garganta, cómo la sangre se le paralizaba en el corazón.

Ya estaba hecho, llevaba mucho tiempo pensándolo, preparándolo al milímetro, ya nadie se reiría de él; lo había logrado, al fin había conseguido librarse de su carga.

Rodó por el suelo y se levantó exultante. Había superado el vértigo a las alturas.
Jaén, 16 enero 2013  

jueves, 20 de diciembre de 2012

¿Viajar? ¿Comer? ¡Soñar!

A la orilla del Atlántico; una botella de vinho verde y una cazuela de ostiones de la ría. Como se deben de tomar ambos: el vino frío, en copa helada; los ostiones al vapor, sin apenas agua en la cazuela, para que ellos suelten la suya al calor del fuego; y solos, sin nada que te pierda; ni sal, ni laurel, ni pimienta, ni limón. Nada. Y justo el tiempo en la lumbre para que se abran los más sensibles.

Al  fondo un pequeño tablao, dos sillas y dos mujeres: una joven, con unos inmensos e inquietos ojos que apenas parpadean y parecen buscar dónde descansar; la otra mayor, muy mayor y elegante, muy elegante, con un mantón sobre sus hombros, una mirada al infinito y unas manos, ya descarnadas, que son dos palomas al viento que se posan, allá en el regazo, acá sobre el pecho, que se besan en pleno vuelo. Cantan a la par coplas de amores y desengaños, de la tierra y de sus campos, de la mar y de sus barcos, del trabajo y de nuestro paro. Cantan de la vida y a la vida.

A la mesa, a mi lado, lo que un día fue sueño, incluso una quimera; hoy es la realidad que me mueve, que fustiga mis deseos y enciende mi corazón. No son sus manos, ni sus ojos, ni sus labios, ni sus pechos, ni sus caderas o cintura, no es ningún trozo de ella. Es ella al completo; sus abrazos con sus miradas; sus besos con sus caricias; sus bailes con sus descansos, sus tranquilas palabras de ánimo. Toda ella la que me pierde y la que me gana.

Con ella para qué viajar o comer. Ella, siempre me hará soñar.