lunes, 29 de octubre de 2012

El viaje




Mientras la quilla de la barcaza abría las tranquilas aguas del canal como hojas de libro, la proa parecía buscar alinearse, como si de una partida de billar se tratara, con la esbelta aguja del campanario de la iglesia que sobresalía frente a ellos, los joviales turistas, tras alzarse sobre los centenarios sauces.
Avanzaba el barquichuelo casi sin denotar movimiento dejando a ambos lados, en las riberas, un rosario de variados tipos de plantas adornados con múltiples flores de infinitas formas y colores.
En el lecho del canal se apreciaban nítidamente bancadas de peces que parecían escoltar y guiar la lancha y en la superficie grupitos de patos y cisnes rivalizaban entre sí en esbeltez y elegancia.
A la derecha, se podía admirar la torre del castillo-ayuntamiento y se adivinaba a sus pies una amplia plaza bordeada de farolas que sobresalían ligeramente entre las copas de los árboles.
A la izquierda, los medievales muros del palacio de la princesa se derramaban hasta la orilla y guardaban en su interior la leyenda más extendida de la bella e histórica ciudad. En una esquina de la muralla, casi cubierta de hiedra, aparecía la enrejada ventana desde donde, según se cuenta, lloró su desesperación la enamorada princesa, encerrada por su padre para apartarla de amores que no le convenían. Tantas fueron las lágrimas que vertió, que una de ellas fue a caer sobre la cabeza de un cisne negro que al instante quedó blanqueada, como de armiño. Aún hoy podían contemplarse los descendientes del desafortunado cisne pasear su anormal imagen por los cañaverales que salpicaban la acequia.
Ahora los turistas, admirados y anhelantes, buscaban tras los ajados cristales de la ventana las pálidas mejillas de la princesa arrasadas de lágrimas, mas de golpe salieron de la ensoñación cuando el bote se detuvo en el muelle y una dulce muchacha de largas trenzas rubias y profundos ojos azules les obsequió con una amplia sonrisa y unos extraños bombones que dejaban en el paladar un agradable sabor agridulce.
Un muchacho con indumentaria azul leyó el envoltorio: “Lágrimas de la Princesa”. Se volvió hacia la muchacha y ésta le premió con un “Buen viaje” y un beso al aire.

1 Noviembre 2008

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