miércoles, 31 de octubre de 2012

Una noche de miedo


Ya era noche cerrada cuando los siete amigos llegaron al chalet, en las afueras de la ciudad, en el amplio monovolumen.
         Los relámpagos enmarcaban de un azul brillante la cercana ciudad y los truenos reverberaban en los cerros de alrededor. 
Los chicos, habían preparado todo para pasar una noche de miedo. El inmueble, adornado con mimo para la ocasión: Un ataúd con la tapa semiabierta y cuatro hachones escoltándole, les recibía en el porche, mientras que en el pequeño huerto del lateral de la casa un espantapájaros con cabeza de calabaza arreglaba las hortalizas con un destartalado rastrillo de enormes y oxidadas púas.
Ya dentro de la casa, las arañas de goma de diversos tamaños tejían sus pegajosas telas por doquier: en los rincones, entre los brazos de las artísticas lámparas, en las oquedades de los muebles. Varios murciélagos con alas de terciopelo colgaban del filo de la chimenea y en el butacón del fondo un maniquí con rostro de anciano parecía esperar sin prisa que la parca lo recogiera en sus brazos.
Bajaron los amigos del coche cuando la tormenta parecía estar justo encima de ellos. Un fogonazo, un trueno, otro fogonazo y de inmediato el correspondiente trueno que parecía hacer añicos la cercana colina.
-Pedro, echa el cerrojo al portón y entremos a la casa que se nos van a estropear los disfraces.
Drácula, Frankestein, la Viuda Negra, la Momia, una víctima de Viernes 13 con el hacha partiéndole la cabeza en dos, Eduardo Manostijeras corrieron hasta resguardarse de la copiosa lluvia mientras Pedro, Freddy Krueged, se dirigió a la puerta, una lisa lámina de hierro a prueba de cualquier intento de asalto o forzamiento.
Justo en el instante en que Pedro asía el cerrojo, la puerta se iluminó con un resplandor intensamente azulado, a la vez que un potentísimo trueno hizo temblar hasta los cimientos de la casa.
Pedro salió despedido, estrellándose contra el suelo a unos metros de la puerta con los ojos fuera de sus órbitas y los labios macabramente arrugados: carbonizado.
-¡Pedro! ¡Oh Dios mío! Gritaron aterrorizados sus amigos.
Juan Miguel en un alarde de sangre fría y reflejos se adelantó a la par que con los brazos extendidos gritó: -¡No lo toquéis! ¡Llamemos al 112!
-Pero aquí no hay cobertura. Replicó desesperado Toño.
-Esperemos un momento que la puerta pierda la electricidad y la abriremos.
Cuando se acercaron comprobaron con desánimo que con el rayo el cerrojo se había soldado a la cerradura de modo que imposibilitaba cualquier movimiento de la enorme puerta metálica.
- María, tráete el martillo y el punzón que están en la carretilla del Espantapájaros.
María corrió hacia el muñeco, temblando de frío y miedo. Se arrodilló ante el pasmarote buscando entre las herramientas lo que le habían pedido y al levantarse, acelerada, golpeó al rastillo que cayó al suelo. La impresión que le produjo el roce del frío metal contra su cuerpo la asustó tanto que al incorporarse resbaló cayendo sobre los afilados dientes del recogedor que le atravesaron el cuello seccionándole la yugular y perforando la carótida entre estertores de dolor y pánico; el cuello era un manantial de roja sangre.
Los cinco amigos lloraban abrazados y aterrorizados.
-¿Qué nos está pasando? ¡Socorro! ¡Que alguien nos ayude! ¡Hay que hacer algo para salir de aquí!
El intento con el punzón y el martillo resultó baldío.
-¡Con el coche! Empujemos o golpeemos el portón con el coche a ver si cede.
-Pero no hay espacio para dar la vuelta; tendremos que hacerlo marcha atrás y con el suelo mojado, como está, van a patinar las ruedas.
-Dejadme, saltó decidido Sebastián, tomaré el mayor impulso que pueda y arremeteré contra la puerta.
Así lo hizo pero la puerta parecía no sentir el ataque, mientras que el coche quedó totalmente hundido en su parte trasera. Volvió Sebastián a coger la mayor distancia y acelerando cuanto pudo volvió a empotrar el coche contra la puerta, dañando, sin que se percataran, el depósito de gasolina que comenzó a soltar el líquido formando rápidamente un gran charco que se confundió con los de la lluvia.
-Necesito un cigarro. Le doy dos caladas y lo intento por última vez.
Temblando, Rocío, encendió uno y se lo acercó a Sebastián que continuaba en el asiento del vehículo. Dos chupadas y estrelló con fuerza el pitillo contra el suelo, junto a la rueda. Automáticamente una lengua de fuego se extendió bajo Sebastián y su vehículo.
-¡Seba, sal que el coche está ardiendo!
La advertencia llegó tarde. El muchacho aceleró a tope provocando que el auto reventara entre las llamas que lo envolvieron hambrientas. Nada pudieron hacer sus cuatro amigos, más que, abrazados entre ellos, entrar horrorizados en el salón de la casa.
- Tenemos que pasar la noche aquí y esperar a ver si la electricidad se arregla o a mi padre se le ocurre bajar; o en último caso, a la mañana, ya con luz, encontremos alguna posible solución, comentó aterido Toño.
-Encendamos la chimenea y acerquémonos a ella; la casa está helada y nosotros empapados.
-Habrá que bajar al sótano, aquí no queda apenas leña.
-Pero no bajes sólo.
-Baja conmigo; pero ten cuidado con las escaleras que son muy estrechas y con los tacones que llevas te vayas a caer.
Toño empujó la puerta por la que se accedía al sótano mientras Rocío iluminaba tenuemente la escalinata con su móvil.
Mientras tanto Juan Miguel y Raquel se acercaron al rincón de la chimenea colocando el sofá frente a ella, y volviendo los sillones compañeros formaron un acogedor cuadrilátero.
Juan Miguel descargó toda su desesperación contra el viejo maniquí que reposaba en uno de los sillones lanzándolo contra la esquina; al golpe, la cabeza del viejo salió rodando hasta que tropezó con la puerta del sótano donde quedó expectante a la espera del retorno de Rocío y Toño.
Raquel mientras, acurrucada en el otro sillón, miraba sin cesar las fotos que del grupo tenía archivadas en su móvil. No había hablado una palabra ni soltado una lágrima desde que llegaron, sólo emitía continuamente un tarareo gutural.
Pasados unos minutos Toño precedía a Rocío por las empinadas escaleras, cargado de troncos de oliva para la fogata. Con dificultad abrió la puerta quedando sorprendido por la mirada penetrante que el viejo maniquí le lanzaba desde el suelo.
La leve reacción de Toño fue suficiente para que Rocío, que le seguía completamente pegada al él, hubiera de dar un paso atrás y el larguísimo tacón de su zapato no encontrara apoyo por lo que la hizo perder el equilibrio y caer rodando la larga escalinata.
-¡No! Gritó desesperado Toño mientras los troncos le resbalaban de los brazos y rodaban desenfrenados hacia el cuerpo de Rocío que yacía en el fondo en una postura inverosímil.
Al otro lado de la puerta, en el salón, Juan Miguel al oír el estrépito salió corriendo, preocupado por el nuevo incidente: con vehemencia empujó la puerta y de nuevo ésta sorprendió a Toño golpeándole en la espalda y haciéndole rodar también la escalera.
Juan Miguel, en el umbral, miraba atónito, desesperado, hundido y tan afectado que sin pararse a ver las consecuencias, giró sobre sus talones y arrastrando los pies y el alma cruzó la estancia y se dejó caer en el butacón, con la mirada perdida en el infinito, los ojos arrasados en lágrimas y un temblor que lo llevó a quedar semiinconsciente.
A su lado, Raquel seguía visionando fotos de sus amigos, de fiestas y reuniones anteriores. Continuaba sin hablar y sin llorar, tan solo esa triste melodía parecía ahogarse en su garganta.
Abajo en el sótano, Rocío yacía con el cuello roto, pero Toño había tenido más suerte y una vez recuperado de la primera impresión comprobó que sus piernas no le respondían y la mandíbula le dolía enormemente, pensó que la tendría rota, pues no podía casi moverla.
Ante la imposibilidad de poder hablar cogió un tronco de los que habían quedado en las escaleras y comenzó a golpear rítmicamente sobre uno de los peldaños.
¡Toc!... ¡Toc!... ¡Toc!...
Raquel dejó caer el móvil, clavó la mirada en la cerrada puerta del sótano y echó a llorar. Era el miedo a lo desconocido, a un peligro seguro e inminente, a una situación ahora sí esperada; ya no eran hechos sorpresivos, ya veía llegar el peligro y comenzó a sudar, un sudor frío que la helaba.
Toño, abajo, continuaba esforzándose.
¡Toc!... ¡Toc!... ¡Toc!...
¡Tic, tac! ¡Tic, tac! ¡Tic, tac!
¡Raquel!
¡Vamos, hija, despierta; tienes que ir a trabajar!


1/11/11

martes, 30 de octubre de 2012

Una foto, un recuerdo


Cabo Finisterre
Puente de la Inmaculada de 2004

         La otra tarde estuve ojeando fotografías, de las muchas que tenemos en casa. Y se me cruzó ésta, que desde siempre me ha gustado de una manera especial. No por calidad, sino por lo que me muestra.
         En la imagen, en mi imagen, es el tiempo en que el sol decide acostarse entre las sábanas azuladas del mar infinito y parece derretirse y fundirse con ellas, hasta que su fuerza y vigor las vuelve doradas haciéndolas propias y la tierra como la vida misma, agreste y pedregosa, parece derramarse sobre ellos, mar y sol, para diluirse como un azucarillo en una reconfortante infusión; nosotros, en el centro, al comienzo de todo, somos como el mascarón de proa del velero que surca la vida.
         Mirando alegres, confiados y optimistas hacia el futuro que nos espera y conscientes del pasado; de lo mucho que hemos ido  dejando atrás.
Un pasado que como el mar que tenemos detrás, es inmenso y apacible, con mínimas olas que baten sobre la tierra.
Una tierra cuyos caminos y veredas se han ido haciendo poco a poco a base de constancia y esfuerzo. 
Ella, mi mujer, abrazada a mí, como la hiedra a su pared. Sin definir si es la enredadera la que necesita a la pared o es la pared la que no sería igual sin la perspicaz planta.
         Yo, ofreciéndome cuando parezco recoger. Recibiendo cuando me doy.
Y la luz, esa luz que nos acompaña desde siempre, que más que bañarnos parece envolvernos, que reverbera en nuestros ojos dándonos una calidez que así, a solas, mejor conseguimos.

Jaén, 13 noviembre 2008

lunes, 29 de octubre de 2012

El viaje




Mientras la quilla de la barcaza abría las tranquilas aguas del canal como hojas de libro, la proa parecía buscar alinearse, como si de una partida de billar se tratara, con la esbelta aguja del campanario de la iglesia que sobresalía frente a ellos, los joviales turistas, tras alzarse sobre los centenarios sauces.
Avanzaba el barquichuelo casi sin denotar movimiento dejando a ambos lados, en las riberas, un rosario de variados tipos de plantas adornados con múltiples flores de infinitas formas y colores.
En el lecho del canal se apreciaban nítidamente bancadas de peces que parecían escoltar y guiar la lancha y en la superficie grupitos de patos y cisnes rivalizaban entre sí en esbeltez y elegancia.
A la derecha, se podía admirar la torre del castillo-ayuntamiento y se adivinaba a sus pies una amplia plaza bordeada de farolas que sobresalían ligeramente entre las copas de los árboles.
A la izquierda, los medievales muros del palacio de la princesa se derramaban hasta la orilla y guardaban en su interior la leyenda más extendida de la bella e histórica ciudad. En una esquina de la muralla, casi cubierta de hiedra, aparecía la enrejada ventana desde donde, según se cuenta, lloró su desesperación la enamorada princesa, encerrada por su padre para apartarla de amores que no le convenían. Tantas fueron las lágrimas que vertió, que una de ellas fue a caer sobre la cabeza de un cisne negro que al instante quedó blanqueada, como de armiño. Aún hoy podían contemplarse los descendientes del desafortunado cisne pasear su anormal imagen por los cañaverales que salpicaban la acequia.
Ahora los turistas, admirados y anhelantes, buscaban tras los ajados cristales de la ventana las pálidas mejillas de la princesa arrasadas de lágrimas, mas de golpe salieron de la ensoñación cuando el bote se detuvo en el muelle y una dulce muchacha de largas trenzas rubias y profundos ojos azules les obsequió con una amplia sonrisa y unos extraños bombones que dejaban en el paladar un agradable sabor agridulce.
Un muchacho con indumentaria azul leyó el envoltorio: “Lágrimas de la Princesa”. Se volvió hacia la muchacha y ésta le premió con un “Buen viaje” y un beso al aire.

1 Noviembre 2008

sábado, 20 de octubre de 2012

Pipirrana, de Jaén (ni po... )

Ingredientes:
1 Kg de tomates; 2 dientes de ajo; 200 g de pimientos verdes; 1/3 barra de pan de leña, del día anterior; 1/2 l de aceite; 20 cl de vinagre; 1 puñado de sal gorda; 1/2 docena de huevos duros; 3 latas de atún en aceite de oliva.       

Preparación:
Lo primero de todo se pelan los tomates que deben ser maduros y “coloraos”, se trocean del tamaño de la uña del dedo gordo de la mano (es importante tomar como modelo la uña de una persona de complexión normal, que no se haya dedicado a trabajos manuales, para que no tenga la mano muy desarrollada) se deben partir los tomates sobre el “lebrillo” en el que se va a hacer la pipirrana para que el caldo que van soltando sirva como base del “majao”. En el lebrillo elegido, que debería ser de madera o al menos de “loza” se majan los ajos junto con la sal necesaria, algunos pimientos verdes, unos trozos de tomate y unas “migas” de pan y posteriormente las yemas de los huevos. Esta pasta se debe hacer poco a poco y es fiel reflejo de lo que debe ser la vida, ya que lo importante es la paciencia y la constancia al majar. Procurar ir agregando los productos en el orden establecido. Una vez conseguida la pasta se le va chorreando el aceite de oliva, poco a poco, como si hiciéramos mahonesa, batiendo lenta y continuamente. Cuando haya suficiente salsa, se le agregan los tomates pelados y troceados y el resto de pimientos verdes también troceados, el atún desmigado y las claras de los huevos con las yemas que hubieran sobrado de la salsa, junto con unas gotas de vinagre.

Cómo se sabe cuándo está la salsa en su punto
Aquí influye mucho “la boca” (el paladar) del que la hace. Lo importante es que pique, pero no queme (un diente de ajo para cada cuatro personas), que esté sabrosa para que pida bebida, pero que no seque la boca. El pimiento en el “majao” debe poner la salsa verdosa pero no verde intensa. Al agregar el tomate tiene que seguir predominando el color verde que se blanquea algo con el pan y lo definitivo: la yema de huevo que tiene que ganarle el color a todo. Al terminar la pasta ha de tener un color oro viejo que entre por los ojos, para que al unirle el aceite quede como el amanecer entre olivares.

Esta receta la aprendí de mi cuñado Jose Manuel Arenas y él de su madre y ella de la suya... Es muy probable que remanezca de Las Casillas de Martos. Nunca he probado una pipirrana mejor que la de mi cuñado.

viernes, 19 de octubre de 2012

Me quiero presentar

En este espacio quiero plasmar un trozo de mí mismo a través de tres facetas que me fascinan y en las que me gustaría ir entrando poco a poco para así poder aprender.
Viajar, comer, soñar... Tres partes de un todo que siendo distintas y con la posibilidad de vivir sin unión alguna entre ellas, es generalmente inevitable que coexistan entrelazadas.
En los viajes se come, pero sobre todo uno se alimenta de la cultura de cada lugar y cada viaje te hace soñar, proyectando o recordando.
La gastronomía te hace viajar, aunque sea sólo con la imaginación y el paladar y soñar, quién no ha soñado ante unos ricos manjares, ante unos excelentes caldos.
Al soñar comes de tus recuerdos, de tus vivencias y viajas por mundos que tú te fabricas, por caminos que tú ideas, por situaciones que tú presentas.
En este espacio reflejaré mis viajes realizados y otros tan solo soñados, incluiré recetas practicadas o simplemente conocidas y reflejaré con cuentos y relatos situaciones vividas o ideadas.
Así en este huerto imaginario plantaré sueños que me alimentan y me transportan con el deseo de que a quien los lea también les haga Viajar, comer, soñar…