jueves, 20 de diciembre de 2012

¿Viajar? ¿Comer? ¡Soñar!

A la orilla del Atlántico; una botella de vinho verde y una cazuela de ostiones de la ría. Como se deben de tomar ambos: el vino frío, en copa helada; los ostiones al vapor, sin apenas agua en la cazuela, para que ellos suelten la suya al calor del fuego; y solos, sin nada que te pierda; ni sal, ni laurel, ni pimienta, ni limón. Nada. Y justo el tiempo en la lumbre para que se abran los más sensibles.

Al  fondo un pequeño tablao, dos sillas y dos mujeres: una joven, con unos inmensos e inquietos ojos que apenas parpadean y parecen buscar dónde descansar; la otra mayor, muy mayor y elegante, muy elegante, con un mantón sobre sus hombros, una mirada al infinito y unas manos, ya descarnadas, que son dos palomas al viento que se posan, allá en el regazo, acá sobre el pecho, que se besan en pleno vuelo. Cantan a la par coplas de amores y desengaños, de la tierra y de sus campos, de la mar y de sus barcos, del trabajo y de nuestro paro. Cantan de la vida y a la vida.

A la mesa, a mi lado, lo que un día fue sueño, incluso una quimera; hoy es la realidad que me mueve, que fustiga mis deseos y enciende mi corazón. No son sus manos, ni sus ojos, ni sus labios, ni sus pechos, ni sus caderas o cintura, no es ningún trozo de ella. Es ella al completo; sus abrazos con sus miradas; sus besos con sus caricias; sus bailes con sus descansos, sus tranquilas palabras de ánimo. Toda ella la que me pierde y la que me gana.

Con ella para qué viajar o comer. Ella, siempre me hará soñar.    

jueves, 13 de diciembre de 2012

Se vende


Detrás de María se podía ver el cartel. Ella con la barbilla apoyada en las manos y los codos descansando en las rodillas. María se sintió rendida cuando se dejó caer en el último banco de la calle principal del pueblo; llevaba días adecentando la fachada de la vieja casona de sus abuelos, después de semanas de arreglo del interior, de sanear las tuberías y los grifos, de pespuntear las cortinas y visillos. Ahora, cuando ya acababa sus largas vacaciones, comprendía que su misión también había concluido; que había logrado darle, a esa casa que tantos recuerdos de su niñez guardaba en su interior la imagen que en tiempos remotos cuando la disfrutaban sus abuelos, siempre había tenido.
Esperaba la llamada de la Inmobiliaria, pero se dio cuenta que no la deseaba; más bien la temía.
La temía por lo que esa llamada podía desencadenar: que se descubriera la verdadera historia, el terrible secreto que escondía aquella casa. Pero necesitaba venderla, tenía que deshacerse de ella, no podía hacer otra cosa… En la inmobiliaria ya habían contactado con un comprador, en unos días irían al notario a firmar las escrituras.
Anochecía. María se fue casa e intentó descansar; su corazón latía desacompasado… tenía que tranquilizarse, respirar hondo y visualizar en positivo: no va a pasar nada – pensó- es imposible que lo descubran…
No había sido fácil vivir con ello; un lastre demasiado pesado para una niña tan pequeña, pero el miedo a contar la verdad había sellado sus labios; decidió negar la evidencia y continuar con su vida como si aquella noche nunca hubiese existido, como si no se hubiera levantado de la cama, no hubiera escuchado aquellos gritos ahogados y no hubiese visto a su abuelo enterrando a aquella chica en el jardín.