jueves, 26 de diciembre de 2013

La sonrisa del semáforo


Faltaban unos días para el sorteo cuando uno de tantos coches paró ante el semáforo cerrado; como por un sortilegio una sonrisa de roja nariz corría y brincaba alrededor de todos los autos allí detenidos; con múltiples gestos de mímica, el payaso ofrecía su alegría y unos caramelos a todos los que lo querían atender. En la pared, cartulinas con frases lapidarias que removían en cada uno, sus sentimientos más profundos: “Hágase donante de alegría, cuesta tan poco”, “Ejercite sus músculos sin esfuerzo, sonría por favor”, “Si reparte amor, su saldo le aumentará más y más”.
Contagiado del ánimo, el hombre del coche negro bajó la ventanilla y llamó al payaso.
-Toma, dame un caramelo. Y le entregó un décimo de lotería. Reverencias y saltos de alegría correspondieron al regalo, mientras el payaso guardaba el boleto en un viejo billetero.
Pasados unos días después del sorteo, volvió a parar el coche negro ante el semáforo y de nuevo las ventanillas se abrieron.
-Buenos días. No te esperaba por aquí. ¿Sabes que tocó la lotería, no has cobrado tu premio?
-¡Oh, sí! Gracias. Respondió el payaso que había cambiado el nublado arco iris de su camisola por otro brillante y reluciente.
-¿Y, entonces?

-He invertido el dinero del premio. Pásese por otros semáforos y verá que he abierto muchas sucursales del Banco de la Sonrisa.      

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