jueves, 13 de junio de 2013

Álvaro

Llevaba Felipe más de un mes ingresado en el hospital, era la enésima recaída que sufría; ya sólo le aplicaban morfina para mitigarle el dolor; sabía que su muerte estaba cercana y la asumía con la tranquilidad de tenerlo todo hecho, de dejarlo todo atado, pero en los últimos días no dejaba de darle vueltas a la cabeza, no quería llevárselo a la tumba; pero, ¿cómo se tomaría su familia su última decisión?
Su esposa Luisa, se había levantado, siempre atenta, a recibir una visita; él, desde la cama no distinguía quién era y hablaban tan en voz baja que tampoco apreciaba quienes eran los interlocutores.
-¡Qué sorpresa! Supongo que Felipe se alegrará mucho de volver a verte. ¡Cuánto tiempo! Hablaba Luisa, un tanto tensa y desconcertada. Era Mari Pepa, una antigua compañera de estudios con la que habían intimado en su juventud, harían unos veinticinco años ya. Le acompañaba su hijo; Álvaro, dijo que se llamaba.
-¿Y tu marido, por qué no te acompaña? Preguntó en un descuido impertinente Luisa.
-No, nunca llegué a casarme.
-¡Oh, cuánto lo siento! Repuso azorada Luisa, mientras se cogía las manos en un signo de arrepentimiento y miraba de soslayo al joven, que echaba el brazo sobre el hombro de su madre, dándole cobijo.
-Felipe, mira quién ha venido. ¿Te acuerdas de Mari Pepa?
El enfermo abrió los ojos cuanto pudo, trató de erguirse un poco y esbozó una sonrisa. La fría y vidriosa mirada se le tornó en alegre fulgor.
-¡Mari Pepa, de mi vida! Intentó tararear el moribundo ofreciéndole la mano que la antigua amiga cogió con cariño, al tiempo que le cantaba en una triste sonrisa:
-¡Ay, Felipe de mi alma!
Soltó las manos de la amiga que dio un paso atrás para que se acercara Álvaro. En un esfuerzo supremo, Felipe paseó la vista por Luisa, su mujer y la fijó en el muchacho, de unos veinticinco años.
-¡Hijo mío! Y expiró.