jueves, 26 de diciembre de 2013

Instancia



Yo, a quien llaman Paco Aguilar,
de esta capital vecino, en su barrio viejo.
Casado y muy mayor de edad.
Hijo de Jesús, Representante de Comercio
y Esperanza, esposa y madre ejemplar.

Recadero familiar, de profesión.
Nacido en este Jaén,
tierra de gente de bien.
Manifiesto y hago exposición

que: me duele, en mi ciudad, siempre ver
las aceras sucias, todos los días del mes.
Las cacas de los perros repartidas por doquier.
Los coches aparcados, hasta en fila de a tres.

En el suelo, las señales borradas
o pintadas al revés.
Por los árboles tapadas,
las que aún quedan en pie.
Baldosas ajadas
y socavones más de cien.

Mientras tanto los ediles,
unos sumisos y serviles,
otros, que forman la oposición,
dedicados a decir: tú lo haces peor.

Acabo mi declaración,
para no cansarles a ustedes,
pero guardo para otra ocasión,
anotado en papeles,
otros múltiples quehaceres
que producen consternación.

Este, de a pie, ciudadano
a vuestras ilustrísimas implora
que sin que se les quiebre el ano,
los que gobiernan ahora,
medidas hayan de tomar
y con estas inmundicias
pronto deberían de acabar.

Se limpien aceras, se pinten señales;
aparquen los coches, todos en sus lugares.
Repongan baldosas y allanen los suelos;
que caguen los perros, en casa de sus dueños.

Y a ti buen vecino
y yo, así me obligo,
cuidemos las calles,
fachadas y portales.

Que es patrimonio de nuestro colectivo,
no sólo el piso, la catedral o el castillo,
Sino cada rincón, en el que hayamos vivido.

Ya para terminar,
es gracia que espero alcanzar;
pero no la recibiré
hasta que yo, usted y usted,
hagamos las cosas por el bien de Jaén.

La sonrisa del semáforo


Faltaban unos días para el sorteo cuando uno de tantos coches paró ante el semáforo cerrado; como por un sortilegio una sonrisa de roja nariz corría y brincaba alrededor de todos los autos allí detenidos; con múltiples gestos de mímica, el payaso ofrecía su alegría y unos caramelos a todos los que lo querían atender. En la pared, cartulinas con frases lapidarias que removían en cada uno, sus sentimientos más profundos: “Hágase donante de alegría, cuesta tan poco”, “Ejercite sus músculos sin esfuerzo, sonría por favor”, “Si reparte amor, su saldo le aumentará más y más”.
Contagiado del ánimo, el hombre del coche negro bajó la ventanilla y llamó al payaso.
-Toma, dame un caramelo. Y le entregó un décimo de lotería. Reverencias y saltos de alegría correspondieron al regalo, mientras el payaso guardaba el boleto en un viejo billetero.
Pasados unos días después del sorteo, volvió a parar el coche negro ante el semáforo y de nuevo las ventanillas se abrieron.
-Buenos días. No te esperaba por aquí. ¿Sabes que tocó la lotería, no has cobrado tu premio?
-¡Oh, sí! Gracias. Respondió el payaso que había cambiado el nublado arco iris de su camisola por otro brillante y reluciente.
-¿Y, entonces?

-He invertido el dinero del premio. Pásese por otros semáforos y verá que he abierto muchas sucursales del Banco de la Sonrisa.      

jueves, 12 de diciembre de 2013

El Delator

        Volvía cansada pero pletórica, con los zapatos en una mano y sujetándose a su marido con la otra. En la boda, como siempre que acudía a alguna, se había sentido alegre y feliz; la reina del baile: pasodobles, valses, boleros, foxtrots los había bailado con garbo ante la admiración de todos, los piropos de jóvenes y mayores y los codazos y comentarios disimulados de las pocas mujeres de su edad que aún se acercaban a la pista. Se sentía joven y radiante; feliz. Ahora, volvía a casa porque la música era ya el chunda-chunda y eso no le iba a ella.
           
En el dormitorio, en penumbra como acostumbraba, comenzó a desvestirse; no le hacía falta más luz. Sabía perfectamente el lugar de cada blusa, de cada falda, de cada pulsera, pendiente o collar y ella se vestía y desnudaba a tientas, de memoria. La sombra de ojos, el carmín y el perfilador de labios, una pizca de maquillaje en los pómulos; llevaba tantos años haciéndolo que no necesitaba guiarse con el espejo, aunque últimamente sus hijas le recriminaban algún contorno mal perfilado, algunos tonos poco apropiados para la ocasión, algunos complementos demasiado recargados.
           
-¡Qué sabrían ellas!
        
Tan sólo al salir y en la penumbra acostumbrada, cuando pasaba ante el espejo del recibidor, se erguía y de soslayo comprobaba que la falda o la chaquetilla no le hicieran ninguna arruga. Se sentía elegante y feliz.
        
Ahora, colocando la ropa, cada pieza en su percha, se notaba cada vez más cansada; mañana, seguro que se sentiría enferma, pero aún tuvo fuerzas para, en ropa interior como estaba, dar unos pasos de baile frente al armario.
        
Al entrar su marido, dio la luz del dormitorio y ella se vio tal cual era. Triste y decepcionada, hacía tiempo que frente al espejo no se sentía feliz, se dejó caer en la cama.
           
-Ramón, mañana tienes que llamar al carpintero, que quite el espejo del armario.
        

Sus casi ochenta años se le vinieron encima de golpe.